17.03.10 Es tiempo de guitarreada, y es cuando Carabajales se sientan a cantar los clásicos del repertorio, luego de haber presentado su disco. Roberto Carabajal canta la primera estrofa de aquel vals que hiciera conocido Carlos, su tío “Ciudad de la Banda” y un coro, primero imperceptible y luego a toda voz, surge de la platea. Y canta “ay ciudad de La Banda/ con fincas perfumadas/ veredas arboladas por donde supe andar”, cierra los ojos, como imaginando aquel paisaje y sigue “ay ciudad de La Banda/ romántica y hermosa…”; el coro se convierte en ovación, y encierra una complicidad provinciana que sólo puede existir en el ida y vuelta que crea la familia Carabajal.
Peteco, Musha, Kali, Cuti y Roberto, presentaron la juntada familiar llamada Carabajales en La Trastienda de San Telmo, el miércoles 17 de marzo- hay dos actuaciones más, el 24 y el 31 de este mes- a sala llena, con la emoción y esa provincianía que invocan y de la que son parte, a flor de piel. Hubo dos bloques interrumpidos por un breve intervalo para poner un cierto orden a la actuación, dando prioridad a la idea principal, que fue presentar el disco. La segunda parte tuvo la libertad de una guitarreada, donde cantaron solos o en grupo, “Mi Abuela Bailó La Zamba”, “Puente Carretero”, o “Añoranzas”, entre muchas otras.
Sin apartarse de la idea de lo acústico que caracteriza esta primera grabación como quinteto, con guitarra, bombo y violín, desenchufados, Carabajales dieron cátedra de cómo se hace folklore con las cinco voces unidas para versiones maravillosas de “Oración del Remanso” o “La Bastonera”, o la “Huella de Ida y Vuelta” al cabo, lejanas a su repertorio pero transformadas en verdaderas joyas con renovado estilo. En cuanto al sonido de raíz, el aporte a “Algarrobal”, “Bailar y Vivir” -acompañada de un tierno relato sobre el bailarín Carlos Saavedra, protagonista de la canción-, o “Cuando me Abandone el Alma”, vuelven a convertirlas en piezas únicas para los oídos acostumbrados al sonido santiagueño.
La última media hora, devino en zamba, chacarera, gato y escondido, patio de tierra y baile, en anécdotas, bromas, y piscas de una historia familiar tan frondosa como aquel árbol genealógico -o ginecológico, como dijo Cuti en uno de sus arranques graciosos- cuyo tronco se ramifica infinitamente, cobijando aquella idea de provincianía, que siempre está intacta, en Buenos Aires, en Santiago o en cualquier parte del mundo.
Mientras tanto, entre las filas de las nuevas camadas de músicos, hay algunos que ya mismo vuelven a incursionar en los manuales del folklore.
PDS
