La artista uruguaya presentó su segundo disco, “Soy Pecadora” en Buenos Aires, a sala llena, y con la cubana Yusa como invitada.
También recorrió parte de “Soy Sola”, el primer trabajo como solista y derrochó simpleza y buen gusto musical.
Hay una manera de decir, de cantar y de expresar, que hacen de Ana Prada una artista especial. Tiene que ver con sus canciones, sinceras, cotidianas, sin vueltas, historias a veces simples, a veces no tanto pero que siempre llegan a algún lugar del alma, del corazón.
En la uruguaya habita una historia detrás de su presente, que no tiene que ver precisamente con esto de andar por la vida cantando, pero que de alguna manera la marcaron. Estudió psicología, y dio durante años clases de canto grupal, primero en Paysandú, su pueblo natal y luego en Montevideo. Fue una pata del cuarteto vocal La Otra, y acompañó a músicos como Jaime Roos, Daniel y Jorge Drexler, León Gieco, Kevin Johansen y Rubén Rada.
Y ahora Ana anda con su segundo disco bajo el brazo en cuyo título, se confiesa: “Soy Pecadora”. La actuación que dio a sala llena en el ND Ateneo el sábado 27 de marzo tuvo parte de ese disco y de “Soy Sola”, aquel auspicioso debut. Si aquel primer trabajo discográfico fue excelente en cuanto a la diversidad de canciones y ritmos, “Soy Pecadora” termina de dar forma a la idea de que la Prada es una artista para no dejar pasar. Milonga, canción, sonidos ribereños, aire de chamamé y folk, forman parte de la impronta musical de esta artista dueña además de una voz y afinación impecables.
La noche del Ateneo se nutrió de esos deliciosos momentos musicales, acompañados por una banda excelente –Juan de Benedictis en guitarra, Ariel Polenta en teclados, Ariel Hassan en acordeón, Juan Buonome en percusión, Diego López en batería, Martín Rul en saxofón y Fernando Jesús Mántaras en contrabajo- y la presencia como invitada de la cantante cubana Yusa y de la española Queyi, artista que acompaña a Ana en el disco y en algunas composiciones.
De entrada, la Prada transitó los versos del valseado “Soy Sola”, para seguir con “Cada Mancha de tu Cuero” y “Hojas de Tilo”, dedicada a su sobrina recién nacida, para seguir con la bellísima pintura litoraleña “Amargo de caña”, y “Tentempié”, “Brillantina de Agua” o “Yo no tengo Soledad”, todas de aquel disco debut, intercaladas por las historias que dibujan las canciones del nuevo trabajo, como “Mientras Tanto” (mientras mi piel se cansa/ de tener que darte tanto) o “Adiós” (tuve que cerrar los ojos y dejarte ir…/tuve que fingir que no miraba/ tuve que disimular mi adiós), al cabo parte de aquella idea de abrir el alma en las canciones. El cenit lo alcanza, quizá el corte “Soy Pecadora” donde afirma: Las velan dudan si a mi altar echarle mano/ o con la excusa de un soplidito/ dejarme en la oscuridad. Contundente.
Casi no quedó canción afuera en la noche del Ateneo. “Camalotes Sueltos”, “Tres Llaves”, “Tu Vestido”, “Salud por mí” y “El Tero”, esa excelente mixtura de payada y samplers que deriva en chamamé recreando en lo musical lo realista de la letra: “entre tanta oveja blanca/ una negra viene mal/ al que se crea tan gaucho yo lo invito a redomar.
Con esa simpleza y honestidad con las que abre su interior para mostrar sus canciones, Ana Prada dejó un tendal de momentos entrañables en Buenos Aires. Al cabo, una idea principal: la de entablar una especie de complicidad con quien la quiera escuchar. Y de ahí en más, volar en las alas de sus canciones.
PDS