Aquí canta un caminante que mucho ha caminado, decía Yupanqui, en el comienzo de un relato que culminaría, con una vida tranquila en el Cerro Colorado. Quizá el misionero Joselo Schuap algún día descanse de tanto andar, pero por estos tiempos, y desde hace más de 15 años, es uno de los artistas más “caminadores” que dio la música popular.
Para muestra, y como parte de su impronta trashumante, retomará el ánimo por revivir la aventura de Usuahia a la Quiaca (ya hubo un adelanto el año pasado, cuando filmó “La 40”, un documental que recorría junto a otros músicos esa ruta que va de norte a sur del país a bordo de su inolvidable colectivo “tuneado”) ya que León Gieco y Gustavo Santaolalla le dieron el ok para que a partir de mediados de este año emprenda un nuevo recorrido por el país musical, para cumplir nuevamente la gesta.
Mientras tanto, Dino, el Mercedes Benz modelo 1961 que hace años maneja Jesús (hombre y nombre a quienes se encomiendan los pasajeros), recaló en Córdoba la semana pasada para una serie de actividades que incluyeron un encuentro con la prensa (el jueves 19 de abril), un concierto en Cocina de Culturas (el viernes 20) y una intervención cultural en el barrio de Cocina gratis, para todos los chicos del barrio, el sábado 21 por la tarde.
El recuerdo de aquel Joselo, un morocho nacido en Oberá que creció en Leandro N. Alem y desde allí llegó hace años a Cosquín con un disco bajo el brazo (Sepan que soy Misionero) que contenía un puñado de canciones maravillosas, es el presente de artista enorme que además de cantar, comparte su propuesta y su palabra.
“Jauretche decía que nos quieren ver tristes para derrotarnos más fácilmente”, señalaba entre canción y canción cuando promediaba el concierto del viernes a la noche, porque de eso se trata un encuentro con Schuap. Es más que la música. Es su compromiso con el medio ambiente y el agua. Acaso porque nació en una provincia que a pesar de tener una de las nuevas maravillas del mundo como las Cataratas del Iguazú, tiene la menor proporción de agua potable de nuestro territorio. Y por eso lucha, desde hace años, apuntando en sus composiciones a la defensa del agua, enseñando a los niños a cuidarla, a los grandes a respetarla. Por eso también le encomendaron la parte de nuestro litoral de la Orquesta del Río Infinito, una cruzada Latinoamericana de lucha por el agua y el medio ambiente.
Por eso, su banda se llama H20, en la que Cristian Sequeyra en guitarra y voz, Johnatan Mombage en acordeón, Guillermo Irigoyen en bajo y charango y David Nanio en batería y percusión, lo acompañan junto al payaso Pochosky quien recorre la palabra y la mñusica de Joselo con gestos y una bola de cristal que representa la última gota de agua pura del planeta.
En Cocina de Culturas la banda sonó y las palabras volaron durante casi dos horas como si fueran parte del aire desde hace rato, porque la presencia de Joselo, es de esas que no se pierden detrás del instrumento sino que interactúan con la gente. De eso tratan también sus canciones, pequeñas historias cotidianas, del trabajador de la tierra, de la espera de los pobres, de la paciencia de los que esperan, de la riqueza de los que no tienen nada y sin embargo, son felices.
Suena un chamamé, una polka, una canción, algunas del disco Mundo Azul, dedicado a los niños, y el homenaje a quien puso en sus manos el próximo viaje de Ushuaia a la Quiaca, con Pensar en Nada.
Bajo las nubes del sábado, la historia fue de los chicos del barrio, a los que el misionero les cantó jugando, luego de la siesta y antes de la merienda.
Porque un rato después, y ante el llamado de Jesús, que arrancaba el Dino, Joselo y la banda seguían viaje quien sabe adonde.
Por Pao De Senzi









