El Blog del Boletín

25 enero, 2015

La apertura de Cosquín 2015. Romance de Pedro Aznar con la luna coscoína

Foto: Paul Amiune

Foto: Paul Amiune

En una noche que prometía ser breve y cumplió, cerrando cerca de las 4 de la madrugada, Pedro Aznar fue el protagonista absoluto, dictando cátedra de folklore en un festival que intenta resurgir con más de lo mismo.

Si alguien pensaba que la refundación de un festival partía desde la apuesta a lo ya previsto, a lo trillado, a la arenga fácil, al revoleo del poncho, al riff eléctrico en medio de un acorde orquestal o a una cantidad elevada de músicos sobre el escenario, estaba equivocado.

Aunque las intenciones hayan sido buenas, si no se vuelve sobre la esencia de las cosas, nada tiene retorno. Si un festival donde lo fundamental es la comunión con el público, impone una orquesta sinfónica (con buenos músicos, bueno intérpretes y un repertorio poco novedoso que logró que el público eligiera esa, su hora para cenar), en el comienzo, y una ceremonia religiosa (con monja cantora incluida) de dudoso discurso, demasiado larga, luego de un comienzo donde la protagonista es la conductora Maia Sasovsky (cuyo glamour supera su discurso notablemente, y que nada más debió conducir, esto es, ser la transición entre los artistas a lo largo de la noche), no tendría sentido decir que este Cosquín tiene la intención de refundarse.

Ni Mariana Carrizo, copleando maravillosamente el Himno Nacional junto a Guitarreros, ni Soledad, con su fuerza, su carisma y su cercanía con la gente, lograron imponer a la primera luna de la edición 55 del Festival de Cosquín, esa sensación de que algo está cambiando. Más de lo mismo fue la actuación de Lázaro Caballero arengando y pidiendo palmas, o La Callejera en igual sentido solicitando el aplauso y proponiendo el baile, o el repertorio trillado, ruidoso y fácil de la salteña Mariana Cayón.

Nada, incluso la voz maravillosa de Liliana Rodríguez, o el Ballet Camín, impecable, abriendo la noche después del tedioso discurso, arenga incongruente del “regresado” Fabián Palacio y ceremonia religiosa en una sucesion de incromprensibles prácticas demogogas, fue suficiente para que la plaza Próspero Molina, y unos cuantos expectantes que lo veían por televisión entendieran cuál es el camino.

Nada, pudo más que un sólo artista frente a la inmensidad de un escenario desnudo, para atizar el fuego de un Cosquín cascoteado y manoseado. Fue Pedro Aznar, cerca de las 2 de la madrugada, abriendo su set con “Que he Sacado con Quererte”, de Violeta Parra.

¿Cuándo se entenderá que el talento parte de lo simple, lo emotivo, la inteligencia de decir lo justo, de mostrar lo que se aprendió y enseñar lo que se sabe, sin demagogias, sin discursos baratos, sin arengas?
La respuesta la dio el sábado 24 de enero, este músico argentino al que los años y la trayectoria han colocado en el lugar de artista necesario, en cuanto género se piense. Aznar se plantó sobre el escenario Atahualpa Yupanqui, y lo honró con una entrega maravillosa que culminó con un final con la plaza de pie, celebrando su presencia.

Con un repertorio estrictamente folklórico, de acuerdo a su interés por reconocer a quienes le guiaron el camino en esta parte de su historia musical, interpretó a Víctor Jara en “Deja la Vida Volar, a Daniel Toro en “Zamba para Olvidar” al Cuchi Leguizamón, a Castilla, a Chivo Valladares en “La Pomeña”, “Zamba del Carnaval”, “Si llega a Ser Tucumana” (acompañado desde las pantallas por imágenes de Mercedes Sosa), a Yupanqui en “Romance de la luna Tucumana” y “Soledad (Jujuy 1941)”, poemas que musicalizó para el disco “Yo Tengo tantos hermanos” producido por Víctor Heredia. En “El Seclanteño”, de Ariel Petrocelli y regresó su banda, formada por Alejandro Oliva en percusión, Julián Semprini en batería, Coqui Rodríguez en guitarras y Tomás Fares en teclado, que había arrancado junto a él en la apertura del set, y para el bis, eligió tomar la caja y cantar con el público.

El juego de repetir la copla, y dejar cantando a la gente, contrario al “vamos las palmas” al que nos tienen acostumbrados los festivales, esta vez fue una comunión donde las voces se unieron esplendorosamente, como en aquel canto colectivo que Leda Valladares diera a conocer desde sus trabajos.

La comunión, el ritual de un público cantando “Tan Alta que está la Luna”, y esas voces que bajo la luna coscoína, repetían “Vamos vida/ Yo ya me voy/ Con mi cajita de cuero/ Te digo adiós”, dejó entrever cuál es el camino a seguir, para que los que se llenan la boca hablando de refundar el festival, comiencen a pensar desde otro lugar que no sean los números.

Pao De Senzi

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