El Blog del Boletín

10 marzo, 2016

La Chaya de Pancho Cabral. El patio que espera

Filed under: De Gira, Festivales, Uncategorized — Pao De Senzi @ 12:38

 

20160206_164703Textos y Fotos: Sonia Cabral

El carnaval en La Rioja tiene el plus del aroma de la albahaca. Aroma que brota desde la raíz entre las piedras. Tal vez uno de esos momentos que permanecerán por siempre en la memoria, como hilvanados en ese olor exquisito y sensual, sea la chaya de la casa de Pancho Cabral. El compositor riojano tiene por hogar un patio fecundo de coplas. Un espacio fabricado alrededor de los asadores, matizado en tierra siena, que se va cubriendo de infinitos otros colores que la paleta de algún artista quizás aún esté buscando.

Amanece prematuramente a las efemérides de febrero el patio chayero de Pancho y Beatrice, dispuesto escenográficamente para recibir a los amigos. Para ese entonces un portón sin candado espera ansioso. Invita a atravesarlo y descubrir el lado mágico que proporcionan sus seductores senderos de piedra. Estratégicamente ordenados van empujando al visitante a recorrer los rincones. El portal de los álamos, el escenario, el fogón, el patio de tierra de los bailarines. Cada rincón atesora el cariño de haber sido dedicado a los amigos más entrañables y ser bautizados con sus nombres: “Patio de tierra Profes: Silvia Oyola y Luis Gato Gonzàlez”. O con memorables frases populares como: “Todo vino es poco”, “He dejado el alcohol, pero no me acuerdo dónde”, “Ahorremos el agua, tomemos vino de Chilecito”.

Con la complicidad de un compadre, testigos bondadosos de la algarabía, tres palos borrachos inmensos de más de veinticinco años, abrazan de sombra y tiñen de verde a contraluz las mesas.

El menú

Para no perderse la fiesta el sol se filtra sin convite, como derramado en chorros, dibujando un estampado de claroscuros sobre los caminitos empedrados.

Esto lo construimos desde la amistad, con un grupo de amigos de muchos años, vecinos, profesionales y artistas. Es un encuentro, una comunión. Armamos entre todos este festejo, una lista de invitados, decidimos qué cocinar, compramos todo y después se reparten los gastos – nos cuenta Pancho – En este caso fue una pata entera, un piernil de ternera, así se llama para hacer en el horno de barro, relleno de verduras y adobada con vino y un caldo especial. La pata llevó un día y medio de lenta cocción.”

Todos colaboran en las tareas aportando elementos, materiales o mano de obra para la limpieza, arreglos o simplemente para ordenar, colgar banners y acondicionar.

Hasta un grupo de jóvenes emprendedores de Buenos Aires que no hace mucho se asentaron en San Francisco, muy cerquita de La Rioja, algunos de los cuales se desempeñaban como chefs, y que organizaron un proyecto de vida sana y comidas gourmet en la zona, dejaron su huella en el fogón del patio. Prepararon más de doscientas brochettes de carne y verduras con diversas y coloridas salsas para maridar.

A las brasas, se fritaron dentro de una paila, más de trescientas empanadas riojanas, de esas que llevan papa cortada, sabrosas como las expertas vecinas que las empezaron a preparar desde el día anterior. Empanadas no quedaron, pero sí las brasas al punto ideal para que el que va llegando, al fin de la jornada, arrime algo más para asar y prolongue el almuerzo hasta la nochecita.

Los mismos invitados se reconocen mozos, electricistas, cebadores de mate, porteros o lavavajillas consumados. Y quizá hasta los veamos desplegar sus artes sobre el escenario o bailando en la tierrita del patio.

La ceremonia – Los símbolos

De repente y en silencio tres banderas: la argentina, la wiphala y la bandera de la chaya, se van al azul del cielo. Esa es la apertura que será coronada con las coplas entonadas por los presentes. A nadie le falta una caja, un bombo, unas chaschas de pezuña para acompañar el canto colectivo. Soltar el canto entre todos, vibrar bajo el latido de las cajas que en su “tun-tun” resume un año de quejas, perderse en la conjunción del grito, de la espontaneidad de las coplas y el coro que las refuerza parecen ser las leyes de una profesa confraternidad. La tradición milenaria se ha puesto en marcha una vez más dando forma a una de las chayas familiares más típicas de los barrios de La Rioja.

La bandera oficial de la chaya es verde, blanca y ocre. Representa la albahaca, la harina y la algarroba. En el centro tiene la caja chayera de la vidala, el canto primigenio de la región y dos ramitos de albahaca abiertos para no detener el canto, para no encerrarlo. Símbolos que acompañan, como el Pujllay, muñeco del carnaval, centinela año a año de la entrada de la casa, que guarda dignamente el triste destino del fuego. O la harina, que “tapa la vergüenza y enmascara y deja ver sólo un poquito de lo que somos” puede en medio de la tarde sorprender a residentes y visitantes por igual. O luego el agua, “rocío de la nube en que se ha convertido la niña Chaya dolida de amor” refrescando los casi 40 grados de la siesta festiva.

Así es la chaya riojana /como ella no hay igual /el que quiera conocerla/ que venga pa`l carnaval / ahí verán lo que es mi tierra y su forma de chayar…”

Con el solo y único fin de  generar continuidad y sentido cultural la festividad de la Chaya atesora el bastión de la heredad diaguita. No se trata de harina, música y vino. Incorpora la leyenda, la simbología, y hasta los dioses paganos. En busca de reivindicación y con identidad impermeable se abre paso en la evolución de los tiempos sin contaminarse de lentejuelas. Habrá quienes intenten comparar el carnaval de otras provincias con la chaya y sucumbirán en el intento si no lo han vivido de cerca. Hay similitudes como en el continente mismo y son ancestrales. Para comprenderlo basta la experiencia si es que aún no lo han intentado, al tratarse de un ciclo, en menos de un año se puede disfrutar y ser parte nuevamente.

La poesía compañera

En el escenario, a micrófono abierto, se irán acomodando despacio los músicos, agasajados que agasajan. Los Oyola, herederos con apellido de música riojana. Gloria de la Vega, cantora popular, de voz exquisita. Felices de compartir el ritual Josho González, Ramiro González, Juan Arabel, van desplegando sus canciones cargadas de riojanidad, guitarreros, cantores y nuevos compositores que harán olvidar penas y tristezas en medio del patio junto a muchos otros cantores convidados.

Allí se los escucha con atención, con sus nuevas propuestas en el decir, en la poesía. Entre la blanca niebla de harina los bailarines expresan sus pasiones en zapatillas, ojotas o descalzos. Se convive con los “hombres de albahaca y las mujeres de agua” a los que refiere el título del nuevo libro de Pancho que incluye poemas y canciones propias.  Se comulga con el juego, con lo ancestral y con lo terrenal. Con el calor y con el cansancio. Con el homenaje a lo de antes y el respeto y admiración por lo nuevo que constituye el pasaporte para la continuidad del rito, sostenido por el espíritu musical de los grandes maestros: Chacho Olivera, los hermanos Albarracín, Quito Carvallo. La gente celebra y espera en el patio la voz del dueño de casa. Sus vidalas, su singular interpretación, la luz que emana Pancho Cabral en el escenario, anfitrión inclaudicable, y a su lado los incondicionales: Mati Ortiz Sosa, en la guitarra y Rodolfo Tubo Moya, cantor y bombisto, contribuyen a la extensión de la noche. Larga guitarreada y largos vinos bajo los árboles se van adueñando del patio y la madrugada aunque uno quiere abandonarse al descanso, pero también quiere ser el último en retirarse. El día siguiente no tendrá la magia ni el bullicio, ni el centenar de amigos girando alegres, pero ardido de sol y enharinado el patio guardará celoso el canto, los sonidos y  las risas recibidas hasta el próximo carnaval.

A veces cuando tu ausencia / me duele en color de chayas / y salgo a mojar veranos junto al agua de las cajas / suelo en la siesta digo, deshilacharme en olvidos / y cantar vidalas lejos, solo, solito y perdido.”

Febrero 6 del 2016

 

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