El Blog del Boletín

29 agosto, 2016

Ida y vuelta con Egberto Gismonti

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egberto gismonti

Egberto Gismondi  y Diego fisherman . Foto: Pablo Omar Salguero

El gran músico brasilero llegó a la Argentina para ofrecer una serie de conciertos y ofreció una charla abierta en el Centro cultural Kirchner de Buenos Aires. Aquí un resumen de la misma, por Sonia Cabral

Egberto Gismonti, el músico de culto, en una charla abierta maravilló con su impronta a la audiencia el jueves 25 de agosto en el Salón de Honor del Centro cultural Kirchner de Buenos Aires. El artista se presentó en concierto el sábado 27 de agosto en la Sala Sinfónica del ex Palacio de Correos dentro del ciclo “Verde Amarelo” -que trajo también a Carlos Antunes y a Jacques Morelembaum- y en Córdoba el pasado viernes 26 en el Teatro del Libertador

En una actividad de la que muy pocos se dieron por enterados y lejos de lo que fuera el apogeo del Centro Cultural Kirchner, a la altura de los más grandes centros artísticos del mundo, donde los pasillos, los altísimos techos abovedados y las escaleras de mármol apabullan, dejándonos apenas insignificantes y en soledad, el maestro se encontró con algunos afortunados músicos y periodistas.

Para aquel que fue en busca de respuestas técnicas, sonido o prodigiosidad, la realidad fue otra. Egberto Gismonti, el genial compositor brasileño, sentado relajadamente junto al periodista Diego Fischerman, habló durante casi dos horas. Dentro del Salón de Honor, sublime espacio, más acorde a otros fines que a una charla de música popular, el eco no permitía escuchar con claridad. Pero en un casi perfecto castellano y sin necesidad de responder preguntas, Gismonti contó infinidad de anécdotas.

“La música debe ser sedimental, debe reproducir las ideas, las informaciones que posee de forma sedimentaria cada individuo. Lo difícil es que todos los compositores se relajen y dejen fluir de su interior”.

En una clase de jazz Gismonti explica cómo logra extraer la música de un gran grupo de niños sin un solo instrumento, sin ir directamente a lo técnico. “Primero les digo: ¿quién de ustedes tiene un amigo o amiga que tenga la voz así; gu- gu  gruesa, áspera o dulce? Y van levantando la mano, yo, yo. A la media hora ya comienzan a decir la melodía que con esa voz canta su amigo/a, y luego otro más alto y otro canta en medio, reproducimos melodías durante más de una hora y variamos los roles. Así armamos tres voces y bailamos y tenemos una orquesta, variando también quien la dirige, como si fueran instrumentos dando esa libertad que necesitan de expresar sin pensar en expresar.”

Instrumentista con un carisma que asombra, es considerado como el más grande compositor contemporáneo de Brasil. Tiene más de 60 discos, y es referente de la joven generación que lo admira. Poder disfrutar de esta charla con el fervor con que se manifiesta es un enorme placer.

Diego Fischerman comenta que: “Egberto hizo una acción muy valiente que es apropiarse de su música, se compró todos los derechos, lo cual le significó una especie de problema en Brasil. Hablamos de una discografía vastísima que va de un lado al otro de las épocas y estilos”. Se refirió además al proyecto que se está armando de un museo vivo con toda su música, música de cine, de teatro, etc. A este proyecto Egberto lo llama de gratuidad forma que puede parecer demagógica, pero que resulta interesantísima.

Encontrarse frente a la magia del artista tan separado del escenario es prácticamente un lujo. Con su gorrita de tejido crochet, un buzo y zapatillas sigue el maestro relatando que él es quien es gracias a la ocasionalidad. “Ocasionalmente gané un concurso de música tocando clásico en piano, me daban una beca de estudio en Viena. Me llenó de emoción. Pero antes me crucé de casualidad con Geraldo Carneiro, compositor de gran prestigio musical y amigo de Carlos Jobim. Consiguió que Jobim visitara su casa y allí tuve la suerte de conocer a muchos artistas, escritores, intelectuales, entre ellos a quien cambiaría mi vida de manera radical. Jobim, luego de conversar mucho conmigo me hizo una pregunta que resultó un hito: ¿Usted está yendo a Viena a estudiar piano o está yendo a Viena?

La casualidad de ese cruce rige su destino hasta ahora. Remarca que todas las cosas más importantes en su vida han surgido ocasionalmente. “La realidad produce mi vida”.

Como cuando participa del Festival Internacional de la Canción – Río 69– donde conoce a la actriz francesa Marie Laforet, para quien escribirá la mayoría de los temas de sus espectáculos. Eso le abrió la puerta de Francia y allí fue, sólo con su pasaporte y sus 21 años, y cara de muchos más.

Como su visita a Catannia, Italia, gracias a su familia de inmigrantes árabes, y en Europa, donde todo está cerca, terminó dirigiendo una orquesta para Marie Laforet. Los acontecimientos van pasando en la vida y lo llevan a conocer a Dino Saluzzi, a Mederos, a Pino Solanas que le dijo estaba haciendo un filme con Astor Piazzolla y desde allí queda eternamente vinculado a su música.

“Si usted se queda en París será medio-músico”  fueron las palabras que le asignó mientras le enseñaba piano, en otra bisagra, Jean Barraqué, cultor de la música dodecafónica, quien luego será a su vez el que lo devuelva a Brasil para ir en busca de sus propias raíces musicales.

“Tenemos una responsabilidad como músicos latinoamericanos y sudamericanos y el deber de comportarnos de manera respetuosa para producir nuevos artistas y nuevas músicas. La música debería estar feliz de ser generada de manos de ellos. No deberíamos buscar qué música tocar, qué hay para hacer sino hacer lo que nos fluye respetando la música de los demás. Así  es como me forjaron Jobim o Baden Powell a mí. Si no tengo una historia para contar no puedo componer, yo compongo a partir de la literatura, a partir de una historia propia, no pongo acordes bonitos, así hago música para cine, no hablo nunca de nada técnico, yo logro hacer una música de Brasil con el propio clima. Nada es posible hacerlo solos. Uno es con el resto que lo rodea”.

Tampoco faltaron las anécdotas sobre la importancia del sociólogo Darcy Ribeiro, de sus teorías, y de los meses pasados en medio de una tribu amazónica en busca de una experiencia mística, de raíz, donde aprendió del cacique a reconocer el silencio, a escucharlo y vivenciarlo. “Fui en busca de una experiencia distinta, a despojarme de todo, pero lo mejor que me pasó es que encontré un amigo entrañable, el cacique se convirtió en mi mejor amigo”.

“Estoy feliz porque tengo concordancias aquí con todos ustedes” expresó mientras creíamos que había finalizado el encuentro, pero antes se puso de pie, acomodó sobre una silla su netbook y compartió con el Salón dos maravillosos videos de trabajos orquestales, uno con música de Piazzola y otro con música propia, compuesta para un film, e interpretados por orquestas juveniles de Río de Janeiro.

 

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